Los placeres impíos de la iconoclastia

Mucho de lo que creemos es profundamente superficial. No estoy siendo irónico. La habilidad del ser humano para tragarse aquello que es conveniente y evitar lo sublime es una puerta oscura a sus hallazgos más iluminadores. No es mera pereza lo que nos detiene. Es el miedo a la aniquilación — tan fácil de entender, tan difícil de afrontar. Nos aferramos a una complacencia comfortable, con los ojos fuertemente cerrados, esperando que lo inevitable no sucederá. Hoy me importa menos qué es lo que creemos y más el por qué. Es una pregunta reflexiva que arroja luz a nuestra condición. Pero hay que estar avisado: también revela la futilidad de la mayoría de intentos de mejorarla. Por ejemplo, cuanto más exitosamente prolongamos la vida con nutrición, higiene y medicina, más incómodos nos sentimos acerca de la muerte.

La iconoclastia es el ataque o derrocamiento de instituciones veneradas y creencias preciadas. Parece casi un “ismo”, pero es lo contrario, es más una actitud que un movimiento.

Tradicionalmente, ataca la religión organizada, pero no hay motivo para parar ahí. Veamos: el ateísmo solía ser la mera negación de Dios, pero recientes referencias a la “comunidad atea” y conversaciones sobre cómo sus miembros deben actuar no han hecho sino crear otra institución madura a la que derruir.

Los iconoclastas no se agrupan. Encontrar puntos en común está muy bien; pero hay una línea que se cruza cuando la gente intenta estar demasiado de acuerdo, como si de alguna forma se reforzara su caso. Nada expresa más inseguridad que aferrarse a la certeza.

La belleza de la iconoclastia es que es personal. No hace falta que derribes a cada iconólatra. Solamente pierde fe y ya está hecho. Lo duro es vivir sin ningún icono en absoluto. Yo, con cada sistema de creencias que abandonaba, subconscientemente encontraba o acomodaba una nueva zona segura. Tardé un tiempo en ver que cada una era una piedra del caminito. Inluso entonces, no tenía ni idea del río que cruzaban o de que pudiese nadar. No estaba listo para arriesgarme.

A pesar de nuestra ciencia y tecnología, todavía nos apoyamos con fuerza en la fe. Einstein creía que Dios no jugaba a los dados. Sin siquiera prueba alguna, nunca perdió fe en la Gran Teoría Unificada. Podrías pensar que los científicos son necesariamente iconoclastas; pero son sólo humanos. A veces se obsesionan defensivamente en los hallazgos, olvidando que la ciencia es un medio para el conocimiento, no el conocimiento en si; que su verdadera fuerza yace en la duda y en la creatividad. Einstein la tuvo, y la perdió. Nunca des por sentada tu iconoclastia: todos vacilamos.

El sello de la ciencia no es garantía de objetividad; tal cualidad se encuentra en los individuos, no en los sistemas. De manera similar, la religión y la espiritualidad no son inherentemente fantásticas. Eso es también una actitud humana.

Los clichés se vuelven clichés porque albergan un germen de verdad; si no, simplemente se desvanecerían

Hoy, muchos veneran el New Age. Oprah Winfrey ha hecho que gente acomodada de toda América salga del armario en ese sentido. Esto no es nada malo. Por otro lado, nuestro lenguaje está plagado de clichés del tipo “Cada uno recoge lo que siembra” y “Todo sucede por algún motivo”. Los iconos son menos majestuosos hoy en día, a menudo sólo eslóganes.

Los clichés se vuelven clichés porque albergan un germen de verdad; si no, simplemente se desvanecerían. Imagina nuestros más lejanos ancestros forcejeando con la emergente herramienta que hoy llamamos conocimiento. Montaron sus piezas de cualquier modo. El chamanismo condujo a las artes ocultas, que finalmente dieron paso a la ciencia. Y así creemos en la causa y efecto. Nada pasa sin una razón, ¿verdad? Si no, las cosas dejarían de funcionar.

Pero no es esto lo que los ‘new-agers’ quieren decir. La suya es una petición de que el mundo no sea frío e indiferente. Sugieren que hace cosas intencionadamente para ayudarnos.

Lo cual nos lleva a Dios — otra ficción con un germen de verdad. Los primeros homínidos juntaron sus percepciones en un todo coherente, atisbaron la causalidad y, se supone, quedaron asombrados. La explicabilidad misma necesita un nombre, y puede que sea Dios. Entonces —por razones psicológicas, sociales y políticas que podemos fácilmente imaginar— dieron cuerpo a esta gran abstracción: primero la facultad de la intención, después una personalidad de abuelo y, finalmente, una larga barba blanca.

Los iconoclastas se ven en ocasiones atacados por los iconólatras; hay veces que son absorbidos por ellos. Jesús se mofó de los Fariseos por su hipocresía. Sócrates chinchaba a sus conciudadanos con verdades incómodas. Ambos fueron ejecutados. El Buda se burlaba de los líderes religiosos por explicar lo inexplicable. Vivió largo tiempo y su enseñanza floreció; pero tras su muerte sus conocimientos y hallazgos se reducieron a una doctrina y su vida a un mito icónico.

No hay un yo permanente, dijo; la mente no es fija. En nuestra iluminada New Age la gente habla audazmente de no-yo (sánscrito: anātman) y no-mente (japonés: mushin). Algunos budistas piensan que no existen porque no hay yo, o que no debieran pensar porque no hay mente. Es impresionante la facilidad con la que los seres humanos divorcian el pensamiento y la realidad. Lo hacemos con el menor esfuerzo cuanto más inseguros nos sentimos.

Mi expresión prestada favorita es “final de las opiniones.” Los meditadores tormentados por una mente-chimpancé fantasean con detener todo pensamiento. Incluso si pudieras alcanzar tal trance, tienes que preguntarte para qué. Tarde o temprano la vida llama. ¿Cuál es el problema?

No obstante, hay chicha en la frase. El “final de las opiniones” es ese salto de fe desde el camino de piedras hacia el torrente del río. Debajo yace una confianza existencial en que aunque en ocasiones creamos legítimamente en cosas, nada es permanente. Las verdades también cambian.

La habilidad del ser humano para tragarse aquello que es conveniente y evitar lo sublime es una puerta oscura a sus hallazgos más iluminadores

El final de las opiniones es la actitud iconoclasta. Te eriza el pelo contra ideas muertas, creencias intransigentes, patriotería, intolerancia y dogma; deconstruye opiniones y reconoce lo que todos sospechamos y tememos: que después de todo la vida es inexplicable; reconoce que la búsqueda de una visión del mundo que lo explique todo es en vano; pero que aun así nunca cierra los ojos, nunca se acoge a la amargura. El hombre del saco resulta ser accesible.

La ciencia está bien. Hace el mundo natural predecible, hace posible la tecnología y nos deslumbra con mitos de la creación que compiten con el Libro del Génesis. Sin embargo, no pregunta por qué estamos aquí o qué debemos hacer. Estas cuestiones incitan o bien la creatividad o bien el miedo; pero nunca, según parece, la indiferencia.

La concepción de que toda vida es coherente, explicable y solucionable es responsable de gran confusión y sufrimiento. Podemos superar nuestra tímida adicción a la idea de que tiene que haber un enfoque sensato hacia todo lo que sabemos; pero hay que atreverse.

(este post traducido por Bernat Font)

 

Author: Stephen Schettini

Host of The Naked Monk

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